Cuando comencé este blog hace ya la friolera de cuatro años me pensé seriamente el título. La solución estaba a la vuelta de la esquina: la primera publicación versaba sobre su película más triste y apasionada, "La eternidad y un día" y de ella extraje el título variando la segunda parte de la frase. Sería estúpido decir que mi agradecimiento se resume a este pequeño detalle, pero el simple hecho de inspirarme en él es elocuente en cuanto a lo que este cineasta significa para mí. Lo descubrí gracias a una de las personas que más quiero y respeto en este mundo y, desde que sus sabias palabras me iniciaron en la carrera del responsable de "El Apicultor", no he podido parar de avanzar dentro de su extraña, fascinante y dilatada filmografía. Todavía me quedan muchas de sus películas por descubrir y no dudo que tarde o temprano, con el paso de ese tiempo que él tan bien trataba en sus películas, podré incorporarlas a mi retina. Ayer, cuando me enteré de su fallecimiento, no podía creerlo. Cuando muere un cineasta que sientes cercano, que te apasionó con su filmografía, que sentiste tuyo al notar que la comunicación entre su obra y tú fructificaba de una forma tan natural, la pérdida resulta tan cercana como si lo hubieras conocido de toda la vida.
Así me sentí cuando me enteré. Durante unos minutos me quedé paralizado, sin saber qué pensar ni qué decir e incluso me negué a aceptarlo. Angelopoulos es una figura tan grande y tan importante no solo cinematográficamente hablando que su pérdida se valorará todavía más con el paso del tiempo. Las redes sociales e internet en general recogieron ayer el lamento de todos aquellos que supieron valorar su obra. Ahora, como siempre ocurre en estos casos, tendremos que recurrir a sus películas que, para nuestra suerte, le sobrevivirán. Inolvidables, apasionantes, contemplativas, sentidas, poéticas, líricas y eternas. Como ese viaje del escritor sin nombre en busca de su propia muerte al lado de un niño perdido. Y es que no puedo evitar un escalofrío cuando veo esta secuencia en la que el griego, que nunca más volverá a iluminar con su Cine nuestra memoria, demuestra que las imágenes y los sonidos, aunque aparentemente incomprensibles, pueden hacernos soñar y viajar a mundos desconocidos:
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