“A veces hay que
torcer un poco las leyes para proteger a tu país”
J. Edgar Hoover
Hablar de Clint Eastwood no es cosa fácil. No es algo que
pueda uno hacer con toda la calma del mundo y mucho menos es algo que se deba
tomar a la ligera. Hablamos de uno de los directores de Cine más importantes de
los últimos treinta años. El Cine posmoderno ha crecido de mano de su figura y
los que lo llaman “el último clásico” parecen no haber entendido nada. Eastwood
es el mayor representante del nuevo Hollywood, de ese Hollywood que sigue
empeñado en contar las grandes historias pero lo hace de la forma más personal
posible. Eastwood es eso y más. Lo único que tiene de clásico son las historias
que cuenta, herederas del mejor John Ford en cuanto a la épica de un país con
tantas aristas y contradicciones. Y este fin de semana ha vuelto el director de
“Banderas de nuestros padres” a regalarnos un capítulo imprescindible en su
filmografía, una nueva piedra que se inserta a la perfección en el coherente
castillo que es su carrera como cineasta.
Mucho escepticismo había alrededor de este film tras la
tibia acogida crítica (no así de público) que tuvo en Estados Unidos a pesar de
ser la primera colaboración de dos grandes figuras del medio como Clint y Leonardo
DiCaprio. Un servidor se resistió a pensar que Eastwood podía fallar con un
material tan jugoso en sus manos. La historia de J. Edgar Hoover, director del
FBI durante más de treinta años y probablemente el mayor representante del
abuso de poder que la Tierra
haya conocido, no podía dársele mal a un director especialista en dicha
materia. Imposible. Me bastó la primera secuencia, un auténtico alarde de
negrura y suspense, para drme cuenta de que estaba ante un nuevo acierto de
Eastwood. No me equivoqué.
Hablamos de un biopic, pero no de una de esas formas
repetidas hasta la saciedad en la industria norteamericana tan pensadas para
amasar Oscars (principalmente a nivel actoral) y engrandecer las figuras históricas
que llevan a la gran pantalla. Eastwood no es así. Y ya viene demostrándolo con
todas y cada una de las figuras reales que ha tratado en su filmografía de
forma velada o no (desde Charle Parker hasta John Huston). Aquí hablamos de
Hoover como persona, como ser humano, como errático mandatario y hombre acomplejado.
El primer acierto que se le debe atribuir a esta película es lo bien que
condensa una vida llena de sinsabores y enigmas todavía por resolver. No
estamos ante un biopic que quiere abarcar toda una vida, si no que el guion de
Dustin Lance Black se centra en un solo caso como vértebra principal de una
historia apasionante que sirve, principalmente, para descubrirnos lo que había
detrás de una figura tan grande a todos los niveles.
Así que recorremos la vida y las obsesiones de J. Edgar a
través de su propia palabra (elocuente el detalle de cambiar continuamente de
biógrafo) y alternando dos líneas temporales de una forma tan exquisita como
genial. Eastwood, que somete una vez más a sus actores y a las propias imágenes
al filtro de la sencillez, maneja todos los entresijos del montaje y la
estructura con mano de cirujano, sin divismos y con el único afán de contar una
historia, su historia. Su cámara se mueve con agilidad y naturaleza, las
situaciones se suceden con pasmosa habilidad en las transiciones y cuando nos
queremos dar cuenta ya han transcurrido casi 140 minutos de metraje que dejan
incluso con ganas de más. “J. Edgar” no es únicamente un portento por lo que
cuenta y el peso que esto tiene, si no que es una cinta divertida, amena y
genialmente contada.
Y como todo gran guerrero, Clint suele rodearse de los
mejores escuderos a cada batalla que emprende. En esta ocasión son dos y
ofrecen sendas interpretaciones que ni siquiera el justito maquillaje consigue
eclipsar: Josh Lucas y Leo DiCaprio. Los dos están soberbios y auténticos
formando una de las parejas de Cine más viscerales y controvertidas que este
gran arte nos ha regalado en los últimos años. Sorprende y mucho la ausencia de
ambos en los Oscar, pero quizá este nimio detalle contribuya a glorificar todavía
más su espléndido trabajo. A través de unos diálogos certeros y muy bien
hilados (la película se sustenta principalmente en la discursividad y la trama
avanza gracias al aspecto conversacional) DiCaprio y Lucas visten dos
personajes tan opuestos como atrayentes entre sí.
Sobra decir que Clint Eastwood sigue sugiriendo como el gran
maestro de la imagen que es y todo aquello que muchos dejarían al servicio de
la más burda de las evidencias, él lo deja encima de la mesa para que el
espectador lo tome y lo juzgue sin cuestionárselo. La polémica está ahí, las
conciencias son removidas pero con elegancia y la figura de Hoover, uno de los
megalómanos más paranoicos e intransigentes de la historia de la humanidad, es
humanizada de una forma exquisita a través de las mayores influencias de su
vida: una obsesiva y ultraconservadora madre (interpretada con sobriedad por
Judi Dench) y todos aquellos que, inevitablemente, consiguieron hacerle sombra
en mayor o menor medida. “J. Edgar” es una película espectacular, rica en
matices, sentida y mejor contada. Eastwood nunca falla.



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