sábado 28 de enero de 2012

J. Edgar: el poder acomplejado

“A veces hay que torcer un poco las leyes para proteger a tu país”
J. Edgar Hoover

Hablar de Clint Eastwood no es cosa fácil. No es algo que pueda uno hacer con toda la calma del mundo y mucho menos es algo que se deba tomar a la ligera. Hablamos de uno de los directores de Cine más importantes de los últimos treinta años. El Cine posmoderno ha crecido de mano de su figura y los que lo llaman “el último clásico” parecen no haber entendido nada. Eastwood es el mayor representante del nuevo Hollywood, de ese Hollywood que sigue empeñado en contar las grandes historias pero lo hace de la forma más personal posible. Eastwood es eso y más. Lo único que tiene de clásico son las historias que cuenta, herederas del mejor John Ford en cuanto a la épica de un país con tantas aristas y contradicciones. Y este fin de semana ha vuelto el director de “Banderas de nuestros padres” a regalarnos un capítulo imprescindible en su filmografía, una nueva piedra que se inserta a la perfección en el coherente castillo que es su carrera como cineasta.

Mucho escepticismo había alrededor de este film tras la tibia acogida crítica (no así de público) que tuvo en Estados Unidos a pesar de ser la primera colaboración de dos grandes figuras del medio como Clint y Leonardo DiCaprio. Un servidor se resistió a pensar que Eastwood podía fallar con un material tan jugoso en sus manos. La historia de J. Edgar Hoover, director del FBI durante más de treinta años y probablemente el mayor representante del abuso de poder que la Tierra haya conocido, no podía dársele mal a un director especialista en dicha materia. Imposible. Me bastó la primera secuencia, un auténtico alarde de negrura y suspense, para drme cuenta de que estaba ante un nuevo acierto de Eastwood. No me equivoqué.

Hablamos de un biopic, pero no de una de esas formas repetidas hasta la saciedad en la industria norteamericana tan pensadas para amasar Oscars (principalmente a nivel actoral) y engrandecer las figuras históricas que llevan a la gran pantalla. Eastwood no es así. Y ya viene demostrándolo con todas y cada una de las figuras reales que ha tratado en su filmografía de forma velada o no (desde Charle Parker hasta John Huston). Aquí hablamos de Hoover como persona, como ser humano, como errático mandatario y hombre acomplejado. El primer acierto que se le debe atribuir a esta película es lo bien que condensa una vida llena de sinsabores y enigmas todavía por resolver. No estamos ante un biopic que quiere abarcar toda una vida, si no que el guion de Dustin Lance Black se centra en un solo caso como vértebra principal de una historia apasionante que sirve, principalmente, para descubrirnos lo que había detrás de una figura tan grande a todos los niveles.

Así que recorremos la vida y las obsesiones de J. Edgar a través de su propia palabra (elocuente el detalle de cambiar continuamente de biógrafo) y alternando dos líneas temporales de una forma tan exquisita como genial. Eastwood, que somete una vez más a sus actores y a las propias imágenes al filtro de la sencillez, maneja todos los entresijos del montaje y la estructura con mano de cirujano, sin divismos y con el único afán de contar una historia, su historia. Su cámara se mueve con agilidad y naturaleza, las situaciones se suceden con pasmosa habilidad en las transiciones y cuando nos queremos dar cuenta ya han transcurrido casi 140 minutos de metraje que dejan incluso con ganas de más. “J. Edgar” no es únicamente un portento por lo que cuenta y el peso que esto tiene, si no que es una cinta divertida, amena y genialmente contada.
Y como todo gran guerrero, Clint suele rodearse de los mejores escuderos a cada batalla que emprende. En esta ocasión son dos y ofrecen sendas interpretaciones que ni siquiera el justito maquillaje consigue eclipsar: Josh Lucas y Leo DiCaprio. Los dos están soberbios y auténticos formando una de las parejas de Cine más viscerales y controvertidas que este gran arte nos ha regalado en los últimos años. Sorprende y mucho la ausencia de ambos en los Oscar, pero quizá este nimio detalle contribuya a glorificar todavía más su espléndido trabajo. A través de unos diálogos certeros y muy bien hilados (la película se sustenta principalmente en la discursividad y la trama avanza gracias al aspecto conversacional) DiCaprio y Lucas visten dos personajes tan opuestos como atrayentes entre sí.

Sobra decir que Clint Eastwood sigue sugiriendo como el gran maestro de la imagen que es y todo aquello que muchos dejarían al servicio de la más burda de las evidencias, él lo deja encima de la mesa para que el espectador lo tome y lo juzgue sin cuestionárselo. La polémica está ahí, las conciencias son removidas pero con elegancia y la figura de Hoover, uno de los megalómanos más paranoicos e intransigentes de la historia de la humanidad, es humanizada de una forma exquisita a través de las mayores influencias de su vida: una obsesiva y ultraconservadora madre (interpretada con sobriedad por Judi Dench) y todos aquellos que, inevitablemente, consiguieron hacerle sombra en mayor o menor medida. “J. Edgar” es una película espectacular, rica en matices, sentida y mejor contada. Eastwood nunca falla.  

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