Samuel Fuller es uno de los directores más peculiares del
Hollywood clásico que entronca directamente con la modernidad propia de los
cincuenta y los sesenta. De hecho Fuller fue uno de los abanderados
norteamericanos de la Nouvelle Vague , terminando
paradójicamente exiliándose a Francia e incluso realizando allí dos películas
en clave posmodernista y casi como homenaje a sus admiradores franceses en los
años ochenta. El director de “Corredor sin retorno” también alternó su trabajo
como cineasta con breves pero intensas apariciones actorales en films de
Godard, Kaurismäki o Wim Wenders entre otros. Alabado en los cincuenta pero
defenestrado por el sistema estadounidense en los sesenta debido a los polémicos
temas que trataba en sus películas, Fuller quizá sea uno de los directores más
personales de Hollywood. Tan personales que reinventó los géneros más allá del
tópico como en el caso de la imprescindible, imperfecta y a su vez maravillosa
película que nos ocupará este texto.
“La casa de bambú” cuenta con una trama negra al más puro
estilo clásico, fuertemente influenciada por esas novelitas pulp de los cuarenta que tantas y tantas películas, principalmente
de serie B, provocaron casi de manera coetánea. A través de un guion de Harry
Kleiner que poco o nada tiene que envidiar a las grandes historias del noir, Fuller nos traslada al Japón de la
postguerra para contarnos una historia de amor, crimen y venganza.
Con un inicio arrebatador sobre la nieve casi a modo de
documental por una narración en off que poco a poco irá diluyéndose,
presenciamos el atraco a un tren que acaba con varios heridos y un exsoldado
norteamericano que no consigue sobrevivir. Un grupo de policías del ejército
norteamericano se huele algo extraño y decide seguirle la pista al fallecido
para saber quién se encuentra detrás del atraco. Eddie Spanier, viejo amigo de
Webber, viaja a Japón para infiltrarse en la banda del que parece la cabeza
pensante de la banda que controla un buen número de pachuinkos en Tokio, Sandy Dawson.
El film cuenta con dos vertientes diferenciadas que, poco a
poco, van mezclándose y alimentándose una a la otra: el amor y el crimen. A
través de la viuda del exsoldado y de Eddie Spanier, un personaje de pura raza
en cuanto a los films llenos de negrura se refiere, asistimos a una historia de
amor sugerido lejos de todo convencionalismo y que juega muy bien a mezclar la
cultura oriental y la occidental. Esta historia nos llevará al que es el
personaje más repulsivo y a su vez atrayente de la película, el Sandy Dawson
interpretado por un inmenso Robert Ryan que solía estar más acostumbrado al rol
de héroe pero que aquí acepta con toda naturalidad los cánones más perversos
del villano. Es tal al importancia de este personaje que, a pesar se ser el antagonista, es el cabeza de cartel en lo que es no solo una rendición a la fama de Ryan si no la constatación de que Dawson es el alma de la película.
Mientras tanto Fuller narra con brillante talento,
concretamente con un talento adelantado a su época aguantando los planos
maravillosamente e introduciendo sendos, elegantes y trabajados travellings de
acercamiento y alejamiento impropios de la época en la que la película fue
filmada. Sorprende ya desde un principio el uso del color (brillante fotografía)
y del Cinemascope en una película de estas características, alejándose de la
negrura visual y optando por la luminosidad del país del Sol Naciente. Estas
características hacen que “La casa de bambú” sea un Cine negro poco
convencional, inclasificable y a su vez terriblemente atractivo por su exotismo.
Pero Fuller no se quedaba ahí, si no que era un auténtico experto en cuanto a
la emoción, para él (y para un servidor) el principal sustento de toda película,
emoción que extiende a cada situación y secuencia en un brillante ejercicio de
suspense contenido.
“La casa de bambú” no es uan película perfecta,
principalmente por su riesgo narrativo y sus pequeñas arritmias de guion
(situaciones más interesantes que otras y personajes “vagos” en alguna ocasión),
aspectos que al final de la función no son más que pequeños escollos para
disfrutar de la que probablemente sea la primera película redonda de Fuller en
su primera etapa. Recordemos que hablamos de un film de 1955 que se presumía ya
adelantado a su tiempo y que en su final no tiene nada que envidiar a los
finales más adrenalíticos, suspendidos en el espacio-tiempo y emocionantes del
mejor Hitchcock. Una persecución llena de tensión, violencia y milimétricas
lecciones de montaje es el colofón perfecto a un viaje tan negro como lúcido
cinematográficamente hablando.



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