miércoles 18 de enero de 2012

La chispa de la vida: una pequeña decepción



No lo voy a negar: le tenía muchas ganas a la última película de Álex de la Iglesia estrenada el pasado viernes. Las razones son variopintas. La primera en resumidas cuentas es que el director bilbaíno me parece uno de los mejores a nivel nacional e incluso por algunos de sus trabajos lo situaría en primera línea del panorama internacional. La segunda es que tras su descalabro con “Los crímenes de Oxford” parecía haber retomado el rumbo y haberse reconciliado con su estilo gracias a la interesante, apasionada e incluso excesiva “Balada triste de trompeta”. Y la última es el enorme hype que se creó en las redes sociales, en las que el propio de la Iglesia participa, especialmente en Twitter, donde la película fue Trending Topic y el público se mostraba en general bastante satisfecho con su visionado. Todo hacía augurar, trama incluida, que nos encontrábamos ante la mejor versión del director de “El día de la bestia”, a pesar de contar con un guion ajeno a su puño y letra.

Demoré bastante el visionado de esta película por estar bastante ocupado estos días y quizá eso provocó que aumentasen exponencialmente mis ganas y que llegase a la sala con unas expectativas desmesuradas, pero lo cierto es que no puedo hablar de otra cosa que no sea decepción. El punto de partida, al que le sobran paralelismos con “El gran carnaval” (probablemente una de las tres mejores películas de Billy Wilder), consigue alejarse de aquella con mucho ingenio: en esta ocasión es la propia víctima la que decide sacar tajada de su desgracia. Este detalle es el germen de todo lo bueno que tiene “La chispa de la vida” y sin embargo, a lo largo de su hora y media, resulta terriblemente desaprovechado. La mala baba se diluye para dejar paso al melodrama más desatado y obvio que imaginar quepa.

Álex de la Iglesia siempre ha sido un director con un talento audiovisual fuera de toda duda y sin embargo en esta ocasión parece poner el piloto automático con la intención de contar la historia de la manera más convencional posible. De hecho comienza el film de una forma bastante torpe utilizando la elipsis como si de un principiante se tratase y haciendo circo (porque sí, lo hace a pesar de acusar a la sociedad de hacerlo con esta historia) de la situación laboral que atraviesan tanto España como casi medio mundo. Resulta incongruente que de la Iglesia, que no es más que un director de Cine curtido en publicidad y con muchos, muchos amigos; trate de aleccionar hablando de la hipocresía publicitaria, el lamentable panorama televisivo español y demás aspectos por los que deberíamos avergonzarnos. La moralina, desgraciadamente, no se le da nada bien. Me gustaba más el Álex que se dedicaba a contar historias tan negras como divertidas sin ningún tipo de tapujos, sin aleccionar y con el único propósito de hacer Cine. “Acción mutante”, “Muertos de risa” u “800 balas” son claros ejemplos de su talento que aquí parece desperdiciado.

No voy a negar que a pesar de todos estos defectos “La chispa de la vida” es una película con calidad, bien hecha y bastante interesante, pero lo que más desconcierta es su falta de alma, su falta de emoción. Todo lo que se nos cuenta parece haber sido sacado de un manual de cómo hacer crítica social, recogiendo los tópicos actuales de la crisis y la complicada situación económica que estamos atravesando. Parece una película salida de la indignación, del enfado, del malestar. Y cuando una película sale de sentimientos tan rencorosos (ya lo dijo Chaplin hablando de “Un rey en Nueva York”) resulta falsa, fallida, irregular. Se nota este aspecto sobre todo en los últimos veinte minutos de metraje, aludiendo continuamente a las características más obvias y evidentes de la crítica social y haciendo que la brocha gorda trace el melodrama más chabacano sin compasión alguna. Un discurso incompleto, contradictorio (¿dónde están el divertimento y la realidad de “Crimen Ferpecto”?) y lleno de momentos que rozan el ridículo (especialmente la crítica hacia los bancos por parte del personaje de José Mota).
No voy a negar que tiene un reparto acertadísimo a pesar del temor que podía suponer la pareja protagonista (tanto Mota como Hayek están sobrios y contenidos) y que hay momentos muy trabajados, inspirados y llenos de sana diversión cinematográfica. Sin embargo la opereta termina quedándose en interesante por el exceso de palabrería del guion (firmado por Randy Feldman pero seguro que modificado a su antojo por el director) y las evidentes ganas de remover conciencias. Un discurso que en los años cincuenta, por rebelde y novedoso, funcionaba con “El gran carnaval” pero que hoy, gracias a la globalización y al exceso de información que tenemos, resulta caduco e insatisfactorio. Aquellos que se queden con la superficie disfrutarán e incluso aplaudirán, pero rascando el envoltorio no hay duda de que estamos ante un producto que no aguantará el paso del tiempo. Ni tan siquiera un Fernando Tejero inmenso (su personaje es con diferencia el mejor y da rabia que al final desaparezca de la escena) consigue levantar el vuelo con sus chispeantes (qué ironía), dolorosas y certeras verdades. Porque el resto no se lo cree ni un niño.

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