No lo voy a negar: le tenía muchas ganas a la última película
de Álex de la Iglesia
estrenada el pasado viernes. Las razones son variopintas. La primera en
resumidas cuentas es que el director bilbaíno me parece uno de los mejores a
nivel nacional e incluso por algunos de sus trabajos lo situaría en primera línea
del panorama internacional. La segunda es que tras su descalabro con “Los crímenes
de Oxford” parecía haber retomado el rumbo y haberse reconciliado con su estilo
gracias a la interesante, apasionada e incluso excesiva “Balada triste de trompeta”. Y la última es el enorme hype que se creó en las redes sociales, en
las que el propio de la
Iglesia participa, especialmente en Twitter, donde la película
fue Trending Topic y el público se mostraba en general bastante satisfecho con
su visionado. Todo hacía augurar, trama incluida, que nos encontrábamos ante la
mejor versión del director de “El día de la bestia”, a pesar de contar con un
guion ajeno a su puño y letra.
Demoré bastante el visionado de esta película por estar
bastante ocupado estos días y quizá eso provocó que aumentasen exponencialmente
mis ganas y que llegase a la sala con unas expectativas desmesuradas, pero lo
cierto es que no puedo hablar de otra cosa que no sea decepción. El punto de
partida, al que le sobran paralelismos con “El gran carnaval” (probablemente
una de las tres mejores películas de Billy Wilder), consigue alejarse de
aquella con mucho ingenio: en esta ocasión es la propia víctima la que decide
sacar tajada de su desgracia. Este detalle es el germen de todo lo bueno que
tiene “La chispa de la vida” y sin embargo, a lo largo de su hora y media,
resulta terriblemente desaprovechado. La mala baba se diluye para dejar paso al
melodrama más desatado y obvio que imaginar quepa.
Álex de la
Iglesia siempre ha sido un director con un talento
audiovisual fuera de toda duda y sin embargo en esta ocasión parece poner el
piloto automático con la intención de contar la historia de la manera más
convencional posible. De hecho comienza el film de una forma bastante torpe
utilizando la elipsis como si de un principiante se tratase y haciendo circo
(porque sí, lo hace a pesar de acusar a la sociedad de hacerlo con esta
historia) de la situación laboral que atraviesan tanto España como casi medio
mundo. Resulta incongruente que de la Iglesia , que no es más que un director de Cine
curtido en publicidad y con muchos, muchos amigos; trate de aleccionar hablando
de la hipocresía publicitaria, el lamentable panorama televisivo español y demás
aspectos por los que deberíamos avergonzarnos. La moralina, desgraciadamente,
no se le da nada bien. Me gustaba más el Álex que se dedicaba a contar
historias tan negras como divertidas sin ningún tipo de tapujos, sin aleccionar
y con el único propósito de hacer Cine. “Acción mutante”, “Muertos de risa” u “800
balas” son claros ejemplos de su talento que aquí parece desperdiciado.
No voy a negar que a pesar de todos estos defectos “La chispa
de la vida” es una película con calidad, bien hecha y bastante interesante,
pero lo que más desconcierta es su falta de alma, su falta de emoción. Todo lo
que se nos cuenta parece haber sido sacado de un manual de cómo hacer crítica
social, recogiendo los tópicos actuales de la crisis y la complicada situación
económica que estamos atravesando. Parece una película salida de la indignación,
del enfado, del malestar. Y cuando una película sale de sentimientos tan
rencorosos (ya lo dijo Chaplin hablando de “Un rey en Nueva York”) resulta
falsa, fallida, irregular. Se nota este aspecto sobre todo en los últimos
veinte minutos de metraje, aludiendo continuamente a las características más obvias y
evidentes de la crítica social y haciendo que la brocha gorda trace el
melodrama más chabacano sin compasión alguna. Un discurso incompleto,
contradictorio (¿dónde están el divertimento y la realidad de “Crimen Ferpecto”?)
y lleno de momentos que rozan el ridículo (especialmente la crítica hacia los
bancos por parte del personaje de José Mota).
No voy a negar que tiene un reparto acertadísimo a pesar del
temor que podía suponer la pareja protagonista (tanto Mota como Hayek están sobrios y contenidos) y que hay momentos muy
trabajados, inspirados y llenos de sana diversión cinematográfica. Sin embargo
la opereta termina quedándose en interesante por el exceso de palabrería del
guion (firmado por Randy Feldman pero seguro que modificado a su antojo por el
director) y las evidentes ganas de remover conciencias. Un discurso que en los
años cincuenta, por rebelde y novedoso, funcionaba con “El gran carnaval” pero
que hoy, gracias a la globalización y al exceso de información que tenemos,
resulta caduco e insatisfactorio. Aquellos que se queden con la superficie
disfrutarán e incluso aplaudirán, pero rascando el envoltorio no hay duda de
que estamos ante un producto que no aguantará el paso del tiempo. Ni tan
siquiera un Fernando Tejero inmenso (su personaje es con diferencia el mejor y
da rabia que al final desaparezca de la escena) consigue levantar el vuelo con
sus chispeantes (qué ironía), dolorosas y certeras verdades. Porque el resto no
se lo cree ni un niño.



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