El jueves 5 llegó a las carteleras la segunda parte del
Sherlock Holmes made in Guy Ritchie y un servidor, por compromisos navideños,
todavía no ha podido hincarle el diente. Y ganas no me faltan, ya que la
primera parte me pareció un entretenimiento aventurero tan exagerado como simpático
y divertido, un blockbuster bien facturado, con muy buenos actores y una
ambientación de primera. El caso es que, antes de lanzarme a la segunda parte,
conviene recordar alguna de las muchísimas adaptaciones del personaje de Arthur
Conan Doyle a la gran pantalla. No en vano, el famoso detective de la pipa es
el personaje literario más adaptado al Cine de toda la historia, lo cual no es
moco de pavo y, como siempre que existen muchas películas referentes a algo,
las hay buenas y malas. Una de las más recordadas es la peculiar visión que
Billy Wilder, junto a su inseparable I. A. L. Diamond, dio allá por el año
1970.
Alejándose del tópico y del misticismo alrededor del
personaje, Wilder decidió emprender un proyecto arriesgado y personal que, como
en muchas otras ocasiones que reúnen esas características, fue mutilado por la
productora de turno. Se dice que el proyecto inicial contaba con más de tres
horas de duración, por lo que el resultado final se comió nada más y nada menos
que una hora y pico de metraje. Asumiendo que esto sea verdad, cabe decir que a
pesar de ello la película no se resiente en demasía y no da la impresión de que
falten cosas por contar. Todo lo contrario, su duración es la justa y la película
resulta casi redonda, aunque siempre quedará la espina de saber qué tenía entre
manos el director de “El Apartamento”.
Lo que queda claro desde su sencilla, curiosa y bonita
secuencia de créditos, es que Wilder quiere alejarse del tópico y de la leyenda
que todos conocemos. Desde el primer momento asistimos a la vida privada de un
Holmes empeñado en señalar que las memorias escritas por su inseparable Watson
tienen más de mito que de realidad. Con todo, Wilder no renuncia en ningún
momento a su estilo y baña la película de ironía y de afilados toques de
comedia, jugando sobre todo con la cacareada homosexualidad del detective. Wilder,
que escribió el guion al alimón con Diamond, hace suyos unos personajes ajenos
y convierte las aventuras de Holmes en un retrato de interiores en el que los
defectos resaltan mucho más que las virtudes.
Pero esto no quiere decir que no haya misterios ni
investigación. Para nada, la película cuenta con dos partes diferenciadas y con
un atrayente y curioso enigma alrededor de una mujer que se presenta en casa de
Holmes y Watson. Es esa mujer la que marcará toda la película y es por su causa
que este Holmes se diferencia tanto del resto. Es el momento en el que
descubrimos un detalle que hace referencia a ella en el que Holmes queda al
descubierto. Un brillante detalle del guion (que no voy a desvelar) que nos
muestra la cara más perdedora del detective inglés y sus sentimientos más
ocultos. Por ello este Holmes “a lo Wilder” se desmarca de lo establecido y se
posiciona en el lado más nostálgico y romanticista de la última etapa del
maestro de origen austriaco. Un estilo que sería a la vez el de su decadencia y
que vería su cumbre, a mi parecer, con “Fedora”. De hecho la película
protagonizada por un veterano William Holden y la que nos ocupa poseen más de
un paralelismo y forman un díptico imprescindible para entender al realizador.
Es cierto que en el aspecto visual, aunque la película es
muy elegante, se le pueden achacar ciertos anacronismos y encorsetamientos
propios de la época que le tocó vivir a su responsable. Exceso del plano de
conjunto teatral, un technicolor un poco arcaico y ciertos detalles que no
pasarán desapercibidos para los más “modernos”. Sin embargo, “La vida privada
de Sherlock Holmes” es una lección de Cine por parte de su autor y uno de los últimos
coletazos de su extensa y casi impecable carrera, una película que no ha
envejecido para nada y que, a todos aquellos que gusten de las aventuras del
detective, se tornará casi imprescindible. Una caída del mito en toda regla,
una película con momentos de terrible amargura y con un final que no por
previsible deja de ser una punzada violentísima al corazón. Doyle, Wilder y un
tal Miklos Rozsa poniendo la música. No se puede pedir más.



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