No sé qué me pasa con ese deporte tan yanqui llamado
Baseball: aunque soy muy aficionado a todo tipo de deportes, el juego de las
bases me aburre soberanamente. No soy capaz de ver un partido entero, me parece
soporífero. Sin embargo me encantan las películas de Baseball. ¿Por qué? Por razones
como la cinta que nos ocupa hoy. Ya me había cautivado Bennett Miller con su
debut tras las cámaras adaptando la apasionante historia de Truman Capote, pero
en esta ocasión el director estadounidense me ha terminado de convencer. “Moneyball”
es una de las películas más emocionantes y directas del año, en ella no hay
trampa ni cartón, simplemente nos cuenta una historia apasionante y lo hace de
una forma sobria y contenida. Es un disfrute continuo, una película divertida e
ingeniosa, mucho más que la crónica de un evento deportivo y muy alejada de los
tópicos de superación y patriotismo que la mayoría de películas de este estilo
suelen demostrar. Aquí hay personajes y de los buenos.
Lo cierto es que era difícil fallar. Con Aaron Sorkin y
Steven Zaillian al guion pocas cosas pueden ir mal. La mano y el sello del
primero se notan y mucho en los diálogos y los personajes, mientras que la del
segundo sale a la luz en una brillante estructura y en los elementos más
emocionales de la cinta. Basándose en el libro de Michael Lewis sobre las
vivencias de Billy Beane, la película se centra en la etapa de éste como
general manager de los Oakland Athlantics, equipo que al comienzo de la
historia se queda a las puertas del campeonato y que, inevitablemente, verá cómo
se le escapan todas sus estrellas. Beane, con un presupuesto diez veces menor
que los equipos de la cabeza de la tabla, se las ingenia para montar una
escuadra en base a las estadísticas. Peter Brand, un joven analista económico,
será quien le convenza de utilizar este sistema mientras que el resto de la
directiva, su entrenador e incluso algunos jugadores estarán en su contra.
“Moneyball” es una película de personajes y despachos, de
interiores y mucho diálogo. Pero a pesar de ello es terriblemente emocionante.
Los pocos momentos dedicados al deporte en cuestión de forma explícita son a sí
mismo maravillosos y no dejarán decepcionado a los que buscan este tipo de
secuencias. Y es que además esta película cuenta con el añadido de no ser una más,
de moverse con acierto y exquisitez entre las esquinas de los despachos de un
club deportivo estadounidense. Así que descubriremos cómo se traspasan los
jugadores (como todo el mundo sabe, en las grandes ligas norteamericanas el
jugador no es más que mercancía), cómo se arma un equipo y la tensión que hay
en las reuniones para dirigir un equipo.
En cierto sentido, aunque con una cultura muy distinta, la
segunda obra de Miller me recordó a “The Damned United” del recientemente oscarizado
Tom Hooper. No tanto en la descripción de una figura importante del deporte
mundial si no más en lo que concierne a la presión que sufre el responsable de
un club que lo tiene, prácticamente, todo en su contra. Miller no es tan estético
como Hooper, pero pienso que es un artesano muy superior, un director de esos
que no se complican la vida y sirven el plato bien servido. Es así, y sólo así,
como una película tan densa en su contenido y larga en su duración puede resultar
tan divertida y apasionante.
Mención aparte merece el trío actoral destacado de la película:
Brad Pitt, Jonah Hill y Philip Seymour Hoffman. El primero vuelve a sonar para
los Oscar y no es para menos: su Billy Beane es tan chulo como simpático, tan
atrevido y cortante como encantador. Es un personaje-caramelo que el bueno de
Pitt hace suyo y que, seguramente, no sería posible interpretado por otro
actor. Jonah Hill es la sorpresa agradable del film, un actor de físico poco
agraciado acostumbrado a comedias interesantes o directamente de segunda fila
que no tiene nada que envidiar a Pitt. Juntos hacen una pareja soberbia, pura
química y momentos muy inspirados que hacen reír por su complicidad. Y el
gigante Hoffman, ese actor todoterreno que aparezca en lo que aparezca siempre
convence. Ya ganó un Oscar por la mencionada película de Miller en la que
interpretaba al autor de “A sangre fría” y aquí acepta un rol mucho más
secundario pero siempre interesante: el entrenador el equipo, el antagonista de
un Beane que tiene a sus enemigos en casa. Los momentos de Pitt y Hoffman
juntos son dignos de estudio, una delicia.
En definitiva, una película que, para variar, todavía no ha
visto su estreno en salas españolas y que, como siempre, llegará tarde, mal y
arrastro. Una pena, porque es una cinta que podría conseguir buena taquilla
contando con el gancho de Pitt pero que, al llegar tan tarde, verá mermadas sus
posibilidades. Con suerte le caerá algún premio de la Academia y arrastrará a
las masas, aunque sinceramente lo veo algo lejano. No porque no lo merezca, si
no porque otras películas parten con más ventaja en la carrera a los
galardones. De todas formas es una película muy interesante, sorprendente y
divertida. Échenle un ojo cuando puedan.



Ya tenía muchas ganas de verla, pero después de leerte creo que no voy a ser capaz de esperar al estreno en España para verla en pantalla grande. estúpidos distribuidores patrios...
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